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Ve la luz el ‘Innovómetro’ que encargó Sanidad a la Universidad de Alcalá

FRAN ROSA  |    18.05.2017 - 11:20

El catedrático de Farmacología y director del Departamento de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Alcalá, Francisco Zaragozá, participó en la presentación del libro ‘Innovación y regulación en biomedicina: obligados a entenderse’, editado por la Fundación Gaspar Casal con la colaboración de Teva, e hizo un breve repaso por el Capítulo 10, ‘Valoración de la innovación terapéutica: importancia y medida’, que contiene la metodología para el famoso Innovómetro que quería desarrollar la Subdirección General de Calidad de los Medicamentos del Ministerio de Sanidad y que fue encargada al Departamento que dirige el mismo Zaragozá. Básicamente, la conclusión a la que han llegado los académicos es que la valoración de la innovación debería pivotar sobre la aportación de la innovación terapéutica y su seguridad y, por otro lado, habría que tener en cuenta la repercusión en la terapia y en los recursos asistenciales.

En lo que respecta a la metodología desarrollada, y tras repasar los sistemas que incluyen datos cualitativos, como el Motola italiano, el Ahlqvist-Rastad sueco o el Panorama Actual de Medicamentos del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos en España, concluyen éstos “adolecen de falta de precisión y su aplicación está sometida a una relativa subjetividad, sobre todo cuando se trata de comparar medicamentos cualitativamente similares y determinar cuál es el precio más adecuado de financiación”. Finalmente, siguiendo las indicaciones de la Subdirección General de Calidad de los Medicamentos, se ha terminado yendo a un modelo en el que los medicamentos quedan clasificados en dos grupos según hagan una aportación significativa (A), o no (B), en el ámbito de la eficacia y la seguridad, valor al que se le añadiría un subíndice de 0 a 100 en función de las ventajas incrementales que ofrece el nuevo medicamento-indicación.

Para entrar en el grupo A (innovadores), el fármaco deberá alcanzar un mínimo de 20 puntos (sobre un máximo de 100) de innovación terapéutica y seguridad, baremo que podría variar en función de la práctica. En lo que respecto a los estudios escogidos como base para determinarlos, sé priorizarán aquellos que utilizan como comparador al gold standard. En cuanto a los parámetros a valorar, los autores destacan la reducción de mortalidad por todas las causas, por encima de la mortalidad por causas específicas; la prolongación de la supervivencia libre de progresión y la ganancia de años de vida ajustados por calidad.

De cara a establecer el valor terapéutico incremental (VTI), indicado en el subíndice con los valores de 0 a 60, se tendrán en cuenta valores como el pronóstico, realizado sobre los datos actualizados de la enfermedad en lo que respecta a riesgo de muerte y/o discapacidad, y se establecerán puntuaciones. En el caso del riesgo de muerte, por ejemplo, se dan 10 puntos si ésta puede producirse en menos de un año y 3 puntos si se prevén más de 5 años de supervivencia en más del 5% de la población de la población afectada. La puntuación es inferior si el riesgo es extensible a menos del 5% de los pacientes.

Junto al pronóstico, se incluyen otras variables como el efecto producido por el fármaco. Así, se daría el máximo (10 puntos) a los que tienen un efecto curativo. La calificación varía en los casos en los que hay una modificación del curso de la enfermedad, sobre la base ausencia documentada de progresión o reducción de la misma (de 8 a 2); en aquellos medicamentos que inducen al control o normalización de marcadores directos de la enfermedad (de 5 a 2); para los que reducen la sintomatología (de 5 a 2), y para aquellos con indicaciones diagnósticas (de 10 a 2).

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Seguidamente, los autores incluyen como valor, de cara a establecer el VTI, la disponibilidad o no de alternativas terapéuticas, ofreciendo la mayor puntuación (15) a aquellos que irrumpen en un área/patología sin medicamentos autorizados, y menor cuando lo que aportan es un nuevo mecanismo de acción sobre una diana farmacológica diferente (10) o para la misma (5) aunque sirven para tratar a pacientes no respondedores.

Otros parámetros para calcular el VTI

Junto al pronóstico, el efecto y la disponibilidad o no de otras alternativas, los autores añaden el tipo de comparador incluido en los ensayos, puntuados de 0 a 10 en función de si son el de referencia o no, o, en caso de que no haya medicamento autorizado, si se compara con otras intervenciones (cirugía, por ejemplo), placebo o registro de casos; la magnitud del efecto diferencial, entendido como el cociente resultante de dividir el valor numérico de la variable primaria del ensayo clínico pivotal del nuevo fármaco respecto del comparador (hasta 30 puntos). El máximo de la suma de todos los anteriores sería 60.

En lo que respecta al perfil de seguridad, se tendrían en cuenta la mortalidad asociada al tratamiento (de 4 a 8 puntos); la incidencia global de efectos adversos (de 4 a 8); la incidencia del efecto adverso más común (de 4 a 8); la incidencia global de eventos adversos de grado igual o mayor a 3 (de 4 a 8 puntos); la frecuencia de suspensión del tratamiento (de 4 a 8 puntos), sumando en total, como máximo, 40 puntos.

Junto a la valoración de estas cuestiones, como ya se ha referido, los autores llaman a evaluar los aspectos complementarios de la terapia (hasta 20 puntos), donde se tiene en cuenta la prevalencia de la enfermedad, el incremento en las variables de calidad de vida mediante escalas validadas, la transmisibilidad, la disminución de la duración del tratamiento frente al estándar, la reducción del plazo de obtención de resultados, la incidencia sobre la adherencia, la posible combinación con otros tratamientos para mejorar resultados o la mejora de las interacciones. También recomiendan la valoración de la repercusión en los recursos sanitarios, con un máximo de 30 puntos, donde se tienen en cuenta aspectos como la disminución de la medicación concomitante, la utilización de vías de administración más sencillas o la disminución del número de consultas, entre otros.

La regla formulada por los expertos implica que la puntuación conseguida en estas categorías, que tendrá un máximo de 50 puntos, se sume a la mitad de la puntuación obtenida en la valoración del VTI y la mejora del perfil de seguridad, obteniendo así una cifra no superior a 100, valor máximo del subíndice que acompañaría a la letra A, en caso de que se haya estimado que el medicamento es innovador (la suma del VTI y el perfil de seguridad deberá ser superior a 20), o B, si por el contrario no lo fuera.

¿Qué hará ahora el Ministerio?

Una vez desarrollada la metodología, sólo queda por saber qué va a hacer ahora el Ministerio de Sanidad con esta herramienta. Está por ver si finalmente se aplicará el Innovómetro. El propio subdirector general de Calidad de los Medicamentos, Carlos Lens, estuvo presente en el acto de presentación del libro, y se limitó a ensalzar el valor de la obra como fuente de consulta para los decisores. Más allá de eso, afirmó su deseo de que pronto puedan ver la “luz iniciativas legislativas para ampliar el concepto de innovación que hoy tenemos”, no se sabe si en referencia al Innovómetro, al decreto de precios y financiación, o ambas cosas.

En todo caso, Lens volvió a poner de manifiesto que “queda mucho trabajo por hacer en la optimización de los medicamentos que tenemos” y señaló la necesidad de “ser capaces de calificar la innovación que aporta mejoras”. Para ello, dijo, “es importante que innovadores y reguladores vayamos de la mano” e hizo un reproche velado a los que insisten en la no intercambiabilidad de biológicos y biosimilares pese a la existencia de estudios que muestran que la eficacia y seguridad se mantiene.

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