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La industria percibe una actitud “positiva” ante la innovación disruptiva

BELÉN DIEGO  |    26.09.2018 - 23:59

En la segunda mesa que se ha dedicado a acceso al mercado en el sistema sanitario español en el marco de BioSpain 2018, representantes de la industria farmacéutica han celebrado la “positiva” disposición de las administraciones ante la innovación disruptiva, como las nuevas terapias CAR-T.

En palabras de Juan José Polledo, director de Asuntos Gubernamentales y Acceso al Mercado de Celgene, el trabajo por incorporar esas innovaciones al arsenal terapéutico disponible es un desafío profesional de enorme valor: “Tenemos que hacer un esfuerzo entre todos para que una tecnología que genera unas expectativas enormes llegue a todo el sistema nacional de salud”, ha declarado en el encuentro. A su modo de ver, el eje de la comunicación con las autoridades al respecto muestra una disposición positiva, que él sintetizaba en la frase “si es tan bueno para los pacientes, lo quieren”.

Por su parte, Ignacio Schoendorff, responsable de Acceso al Mercado y Reembolso de Gilead, ha declarado que cuando se trata de terapias CAR-T no se trata tanto de impacto presupuestario (debido al reducido número de pacientes) como de estar preparados con la anticipación que su complejidad requiere. También recordaba la importancia de los plazos ante pacientes que necesitan el tratamiento con urgencia extrema.

Planificación, valentía y criterios objetivos (pero no muchos)

En lo referente a acceso al mercado en general, ambos ponentes se manifestaron de acuerdo en la necesidad de que se pongan en marcha en España los mecanismos necesarios para planificar las necesidades presupuestarias –a partir de criterios objetivos- y se aborden con valentía y transparencia –también de cara a la población- las limitaciones que el sistema sanitario tiene.

“El camino de una terapia hasta su disponibilidad puede ser tortuoso, e incluso frustrante, pero no tiene por qué ser así”, reflexionaba Juan José Polledo. También sugería que para poder desempeñar su trabajo en condiciones de predictibilidad y estabilidad más parecidas a las de sus colegas europeos sería clave encontrar una serie de criterios acordados en beneficio de la objetividad y la transparencia. “Tenemos que asumir que nos movemos en un área de intereses y pareceres contrapuestos, pero viviendo en un escenario así, necesitamos unas coordenadas”, añadía.

No considera que haya que llegar a modelos predictivos tan detallados que conviertan las decisiones en procesos automatizados, sino a una lista breve de criterios que todas las partes respalden. A su entender, los instrumentos para llegar a ese objetivo existen y el sistema está lo suficientemente maduro para emprender ese camino con éxito.

La evaluación de tecnologías sanitarias, en consecuencia, debería ser un proceso armonizado: “Eso no significa que no puedan participar las comunidades autónomas, en las que hay técnicos de alto nivel, sino que quizá podrían trabajar juntos en aras de la simplificación de procesos y la aceleración del acceso a los nuevos tratamientos”, añadía.

Ignacio Schoendorff apoyaba este planteamiento, añadiendo el matiz de que esos criterios permiten a las compañías adoptar decisiones estratégicas relevantes (incluida la conveniencia de comercializar un producto en un mercado específico o descartar hacerlo).

Además, proponían dejar la mentalidad del “descuento”, centrada en el precio, por la cultura de la evaluación objetiva, que se va abriendo paso en los últimos tiempos.

Otra idea que se debatió en el encuentro fue la valentía a la hora de admitir que es posible que el sistema no llegue a todo en función de sus prioridades, algo que “habría que explicar desde la transparencia, y que los pacientes tendrían que asumir en su papel de actores formados, responsables y libres del factor emocional”.

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