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¿Afrontamos que el SARS-CoV-2 se transmite por aerosoles o seguimos esperando a más evidencia?

DIARIOFARMA  |    13.10.2020 - 22:13

Artículo de opinión de José María López Alemany, director de Diariofarma.

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Llevamos ya siete meses con la pandemia presente en nuestro país afectando a la vida cotidiana y produciendo muerte, drama y desastre económico.

Ahora mismo estamos inmersos en una segunda ola que, pese a ser mucho más suave que la anterior, no deja de llevarse por delante decenas de vidas cada día. Por ese motivo, creo que es necesario preguntarse qué ha cambiado de una a otra ola, así como qué falta por hacer para reducir aún más el impacto que la covid-19 tiene mientras que llega la esperada vacuna.

Creo que pocos dudan que la vuelta a la normalidad tardará aún bastante tiempo. Por ese motivo, considero que es necesario seguir tomando medidas de protección.

En los últimos tiempos se sigue poniendo el foco en las medidas de control de los brotes, pero poco en la prevención primaria que evite que ese brote llegue a producirse. Se confina para evitar la propagación, pero no se incrementan las medidas dirigidas a tratar de impedir la infección. Y creo que es un error.

Estoy convencido de que la diferencia entre la primera y la segunda ola se debe a las medidas de protección individual que cada uno de nosotros pone en práctica de forma automática cada vez que sale de sus domicilios. El uso de mascarilla es absolutamente generalizado y solo hay determinados colectivos con excepciones a esta norma, como son algunos, pocos, jóvenes, sobre los que hay que seguir incidiendo.

De este modo, creo que son las mascarillas las que han permitido reducir la transmisión de forma muy importante en los últimos meses. Pero no es suficiente. Hay que dar una vuelta de tuerca a las medidas de protección. Y aquí es donde salta la nueva polémica de los últimos días: aerosoles sí, aerosoles no.

Si no se ponen en marcha nuevas medidas de protección, y con el invierno ya a las puertas, la única barrera a un nuevo rebrote de gran fuerza sería el confinamiento, con los tremendos daños colaterales que tiene. Por eso, creo que no se pierde nada si se pone el foco en las medidas de prevención necesarias en caso de considerar la transmisión del SARS-CoV-2 por la vía de los aerosoles.

Durante los primeros meses de la pandemia se han estado utilizando de forma generalizada medicamentos que se pensaba que podían ser útiles para atajar el virus. Ahora sabemos que esos tratamientos no han causado ningún bien y, por el contrario, sí que han traído numerosos efectos adversos. Por el contrario, las medidas que se proponen para enfrentar el virus, en caso de transmisión por aerosoles, no solo no tienen ningún posible efecto adverso, sino que ayudarían incluso en caso de que la transmisión fuera exclusivamente por gotas de Flügge: evitar actividades al aire libre, incrementar la ventilación, distanciamiento y uso adecuado de mascarillas.

Hace unos días, en un artículo similar a este reclamaba que se hicieran públicas las situaciones más probables de contagio, así como las condiciones de protección que estaban puestas en marcha. De nada sirve no tratar de hacer la vida de forma igual a como se ha hecho hasta ahora. Así no se evitarán los contagios. ¿O es que todos los casos tienen origen en un comportamiento inadecuado de las personas? ¿Es que todos los contagios parten de fiestas de los jóvenes que luego transmiten el virus a sus familiares? Si fuera así, no sé a qué se espera para poner fin a todas ellas por de forma contundente.

Como no creo que sea así, considero que es necesario afrontar nuevas medidas de protección. En concreto, las que sean necesarias para el caso de que la transmisión del virus por aerosoles fuera prioritaria. No podemos cometer, de nuevo el mismo error que con las mascarillas al inicio de la pandemia, al negar la utilidad de medidas de protección que la ciencia y el sentido común dictan como necesarias. No hace falta evidencia incuestionable para impulsar nuevas medidas de protección individual carentes de todo riesgo.

Ahora hace falta insistir no solo en el uso de mascarilla, sino en el uso adecuado de las mismas. Una mascarilla que debe ajustar por todos los lados a la cara para tratar de forzar el paso de aire a través del tejido de esta. Solo hace falta pasear unos minutos por cualquier calle para observar claramente mascarillas mal colocadas y con espacios por los que el aire entra y sale sin obstáculo. Y la gente no sabe que puede estar en riesgo pese a llevar mascarilla. Por cierto, creo que también es necesario preguntarse si todas las mascarillas son útiles.

Más allá de esto, hay que incidir en la necesidad de ventilación de todos los espacios cerrados. Incluso en invierno. Especialmente en los lugares donde nos quitamos la mascarilla, como en bares y restaurantes, así como en espacios pequeños o con gran aglomeración de personas, como vehículos y el transporte público. Y hay que trasladar toda actividad que se pueda al exterior, por lo que es imprescindible abrir los parques. Si en los primeros años del siglo XX se pudo dar clase en invierno en exteriores para luchar contra la transmisión de la tuberculosis, hoy es posible con más y mejores garantías.

Todas estas cuestiones, avaladas por el sentido común y cada vez por más evidencia, deberían ser puestas en marcha por un simple principio de precaución, especialmente gracias a la ausencia de efectos secundarios. Será la única manera de hacer frente al virus en nuestras ciudades densamente pobladas y con nuestras costumbres de proximidad y contacto estrecho. No podemos permitirnos cometer dos errores similares, con tantas repercusiones y tan fáciles de solventar y, por supuesto que tampoco podemos estar esperando como si no pasara nada a la obtención de más evidencia. Es hora de actuar.


José María López Alemany es director de Diariofarma.

 


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